La calma de tus labios precede a la tempestad de tu lengua, ola de fuego despiadada que invade todos mis rincones y que me lleva a los infiernos para devolverme después a la suavidad de tus caricias.
Sacia todas mis ansias con cada mirada, con cada caricia, con cada carcajada. Hazme sentir existente en tu razonamiento, latente en tu pecho, querido en mi totalidad.
Sucumbe ante el deseo, pues es mayor la necesidad de encajar que el pensamiento de imposibilidad.
No importan las leyes físicas. Con nuestro calor desbancamos a la ley de la termodinámica, nuestros destellos humillan a la luz y nuestros cuerpos poseen más gravedad cuando están juntos que cualquier astro.
Que se enteren los cuatro vientos de tu agonía cuando nos alejamos, pues no hay mayor desprecio que la repulsión de dos imanes de igual polaridad, que en ocasiones se atraen debido a su mutua necesidad.
Por desgracia, tras despertar todas las leyes físicas siguen igual, tú sigues tan positivo como yo (maldita física que nos aleja) y los plurales utópicos se convierten en singulares realistas. Queda esperar a que se descubra una nueva ley que nos acerque. La llamaremos...