martes, 31 de diciembre de 2013

Frágil

Un pequeño ejército crece en algún punto de tu geografía. Empieza despacio, poco a poco. Dos, cuatro, ocho, dieciséis, treinta y dos. Al final, miles y miles.

Invade lentamente, sin dejarse notar, sin llamar la atención, sin hacer ruido. Busca el sigilo, el pasar desapercibido, la expansión discreta. Se concentra en una zona, invadiéndola como una marabunta ansiosa y detestable.

Una vez cumplido su cometido decide que debe expandirse, ampliar sus fronteras, conquistar nuevos horizontes. Se adentra en tus ríos en busca de nuevas tierras y de sus habitantes, ávido de dominio. Sus integrantes aumentan, se vuelve más difícil de suprimir. Tu continente detecta anomalías en su contenido y salta la alarma. Empieza el contraataque. Dosis químicas buscan la erradicación del grupo. Desgraciadamente, el ejército se ha expandido más de lo previsto y es incontrolable.

Tu país está siendo invadido y destruido por sus propios habitantes, y todo porque un día, uno de ellos se volvió maligno. Es irónico ser conquistado desde dentro y por personas a las que has nutrido y, en cierto modo, criado.

Al final, eres corrompido en tus capitales. Tus pequeñas ciudades se quedan sin suministros y sus habitantes mueren. Has perdido la batalla. Tu país ha sido conquistado y eliminado. Tu reloj ha tocado su última campanada. El ejército ganó.

A todos aquellos que han muerto debido a algún tipo de cáncer. En especial a Pedro.

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